ICBF adelanta plan piloto en Oriente antioqueño para identificar niños víctimas del conflicto armado

El Icbf busca a los niños que perdieron a sus padres, o a uno de ellos, en el conflicto armado. 372 niños han identificado en tal condición en los municipios de Granada, San Carlos y San Francisco.

IMAGEN-12614163-2El Salón del Nunca Más, en Granada, es un museo que recuerda la infamia. Imagen: Andrés Henao, eltiempo.com

La niña es muy juiciosa y se enorgullece de serlo. “Mi papá me decía que por eso le salvé la vida. Yo era muy chiquita, tenía 18 meses cuando llegaron unos señores a matar a mis papás. Mi papá me contaba que me cargó y que nos escondimos en un hueco, y que me pedía que no llorara, que fuera juiciosa”, dice llevándose el índice derecho a la boca en señal de silencio. No lloró.

“Pero a mi mamá sí la alcanzaron y la mataron”, sigue ella, hoy de 11 años, quien quedó al cuidado del padre, que se consiguió otra mujer y cinco años más tarde le dijo adiós a esta vida colgándose de la viga de un techo. Nunca le han dicho por qué. Así que la madrastra –como las madrastras malvadas de los cuentos, dice la pequeña– le pegaba y la trataba muy mal. Lloraba mucho. “Me sentía como la Cenicienta”.

Hace tres años, la niña, de sonrisa fácil, pelo largo y lacio, se fue a vivir con una tía y un primo que le dan mucho amor. “Soy muy feliz”, cuenta. Desde hace dos meses fue identificada por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) como una huérfana del conflicto armado en Granada (Oriente antioqueño), una tierra de gente buena y emprendedora que ha sufrido cruelmente los embates de la guerra.

Solo allí, el ICBF ha encontrado a 128 menores de edad en las mismas condiciones; otros 109 en el municipio vecino de San Carlos y 135 más en San Francisco: 372 niños que perdieron a uno de sus papás, o a ambos, y que quedaron bajo el cuidado del padre que sobrevivió, de los abuelos, tíos, padrinos, vecinos o hermanos mayores.

Diego Molano, director general del ICBF, explica que ellos hacen parte de un proyecto piloto que busca, por primera vez en el país, reconocer a estos niños huérfanos como víctimas del conflicto armado y repararlos de manera integral. Eso incluye desde la vinculación a los servicios de salud y educación, si no los tienen, pasando por planes de recuperación nutricional y acompañamiento psicológico, hasta indemnizaciones económicas y la restitución de las tierras que pertenecían a sus padres, dependiendo de cada caso.

Siempre se ha hablado de estos niños como víctimas directas de la violencia (secuestro, homicidio o desplazamiento forzado), pero nunca como huérfanos, agrega Molano.

El funcionario señala que esta iniciativa se integra a la ley 1448 de víctimas, del 2011, que contempla un capítulo dedicado a los menores de edad afectados por la guerra y que está en la primera etapa de implementación. La búsqueda se hará en todo el país.

“Estos niños no estaban en las cuentas de nadie. El país tiene que saber lo que les pasó”, afirma Molano, quien considera que, más allá del “cheque” que gran parte de estos niños va a recibir por concepto de indemnizaciones (dinero del que solo podrán disponer cuando sean mayores de edad para su educación o vivienda), esta iniciativa busca reconstruir la memoria histórica del conflicto armado colombiano desde las víctimas infantiles.

Y toda esa reparación –añade– pretende ayudarles a edificar un proyecto de vida.

En Granada, según cuentas oficiales, mataron a 1.276 personas entre finales de la década de los 90 y el año 2003, cuando la disputa entre guerrilla y paramilitares comenzó a menguar. Se calcula que el 10 por ciento de esas víctimas fueron niños y adolescentes.

Aquí se respira vitalidad. Hay mucho movimiento y mucha gente, pese a que más de la mitad de la población huyó espantada por esa ola de muerte y sangre. De acuerdo con la administración municipal, de los 20.000 habitantes que había en el 2000 se pasó a unos 9.800.

Es un pueblo de calles que parecen laberintos y cuyo centro tuvo que ser reconstruido después de que las Farc activaron un carrobomba, el 6 de diciembre del 2000, con más de 400 kilos de explosivos. El resultado: 15 civiles y seis policías asesinados, y tres cuadras a la redonda destruidas. La toma duró 18 horas. Un mes y tres días atrás, el ‘Bloque Metro’ de las autodefensas había asesinado a 17 civiles. “Aquí era el que más muertos pusiera. Si ustedes matan, nosotros también matamos. Ese era el mensaje entre los dos bandos”, comenta una líder comunitaria.

“Fue una época de terror. Cada día asesinaban a tres o cuatro personas”, recuerda la psicóloga Gloria Aristizábal, quien al ver a tanta viuda –la mayoría de víctimas fueron hombres– y tanto huérfano decidió montar una fundación para ayudarles a curar las heridas que les dejó la violencia en el alma.

Al comienzo era un garaje y hoy es una casa de dos plantas que atiende, cada año, a 140 niños y adolescentes. Se llama Casa del Niño y la Niña San Francisco de Asís.

Eran niños agresivos –recuerda Gloria–, resentidos y tristes, que rechazaban los abrazos o las palabras cariñosas. “Su sed de venganza era aterradora. Decían que solo querían crecer para darle ‘chumbimba’ al que mató al papá o a la mamá”, comenta la mujer que, junto con varias amigas que la apoyan en la fundación de manera voluntaria, ha logrado disminuir los niveles de odio de estos niños. La estrategia: arte, deporte, espiritualidad y actividades recreativas.

“Por acá han pasado casos terribles. Recuerdo una niña que vio cómo mataron al papá y que no volvió a hablar. Pero hemos logrado sanar muchos corazones”, agrega.

Claudia Milena Giraldo, secretaria de Gobierno de Granada, considera que los huérfanos de la guerra en este pueblo pueden ser muchos más de los 128 que ha identificado el ICBF.

“Si hubo más de 1.200 muertos, y de esos muchos eran padres, haga cuentas”, reflexiona y reconoce que este problema se le salió de las manos al municipio, y que el buen trabajo de la fundación no ha sido suficiente.

Según la funcionaria, gran parte de esos niños huérfanos hoy son adolescentes que viven un serio drama social. “No han elaborado el duelo y eso lo expresan en su mal comportamiento, en el consumo de drogas o alcohol o están desescolarizados”.

Además –analiza– no tienen un proyecto de vida claro ni un buen nivel de autoestima, lo que los convierte en candidatos para ser reclutados por los grupos armados ilegales. Por eso ve con buenos ojos este proyecto del ICBF, que también se desarrolla en Casanare, donde 31 niños recibirán las tierras que eran de sus padres asesinados o desaparecidos, y en Nariño, donde hasta ahora se está haciendo el estudio de campo.

Romper las cadenas

Ella ya no quiere vengarse de la gente que mató a su papá. “¿Para qué?”, dice. Ya se graduó del colegio y ahora hace vueltas para ingresar a la universidad. No se decide entre medicina y música. Y aunque ya no siente odio por quienes le arrebataron a su padre, lamenta haber crecido sin esa figura, sin sus cuidados y afecto.

“Cuando mataron a mi papá, mi mamá estaba embarazada y me tenía a mí y a mi hermana”, relata la joven, de 17 años, y opina que su vida no hubiera sido tan dura y con tantas necesidades si su papá estuviera vivo.

“Éramos amas de casa, señoras acostumbradas a que el esposo mantuviera el hogar”, interviene la madre al explicar que ella, y muchas mujeres de Granada, tuvieron que enterrar al marido y ponerse a trabajar en lo que fuera para darles de comer a sus hijos.

En Granada hay un museo que recuerda la infamia. Se llama El Salón del Nunca Más y su directora es Gloria Elsy Ramírez, quien también es la representante legal de la Asociación de Víctimas Asovida.

La idea del museo –cuenta– les surgió a los familiares de los muertos o desaparecidos que quisieron rendirles un homenaje para exaltar su memoria y rechazar la violencia. Ella es desplazada y perdió a un primo y a un tío. Aquí todos tienen a un familiar, pariente o amigo en esa lista de horror.

El Salón del Nunca Más tiene un mural con 360 fotos de personas asesinadas o desaparecidas, de las que nunca se tuvo razón. Entre estas, varios niños: tres que cayeron tras la explosión de un bulto de naranjas cargado de explosivos, otro al que le cayó la pared de una casabomba y dos hermanitas de 12 y 13 años que desaparecieron.

Hay un cofre de vidrio rectangular relleno de tierra que simula una fosa común y en el que se refleja, intencionalmente, la imagen del visitante. Más adelante se destaca un escaparate repleto de diarios que tienen como portada el rostro del difunto o desaparecido. Unos están vacíos y otros, llenos de escritos realizados por sus dolientes.

Uno que dice: “Stella, te recuerdo mucho y me dio mucho pesar lo que pasó, pues la niña se aburrió donde su hermana y se fue para Medellín. Espero que intercedas, pues no volví a saber de tu hija”.

Los huérfanos de Granada encuentran en este lugar un refugio, y se desahogan escribiendo en los diarios. Y los foráneos pueden percibir el inmenso dolor que ha dejado el conflicto en este pueblo. La gente sale con el alma arrugada.

Tiene 11 años y le desaparecieron a su papá cuando tenía cinco. Sus helados ojos azules transmiten una mirada triste. Y aunque su mamá ya le contó que un guerrillero confesó haberlo asesinado, ella no pierde la esperanza de que algún día aparezca.

En el diario de su padre, en cuyo lomo de cuero aparece sonriendo en una foto borrosa, le escribió una primera carta en la que le cuenta que aprendió a leer y a escribir, cuando tenía seis años. Hoy, a los 11, le escribe: “Estaba muy chiquita cuando te desaparecieron. Eres el papá más lindo. Me mimabas. Cada día pienso que apareces y que soy muy feliz. Ya pienso en mi fiesta de 15 años y espero que aparezcas para que vuelva la felicidad a mi vida”.

Fuente: El Tiempo

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