Todas las guerras atacaron a San Carlos. Una historia de violencia

Poco a poco esta localidad del Oriente antioqueño retorna al sosiego. Las familias que huyeron, regresan a sus parcelas a sembrar hortalizas donde los violentos sembraron el terror, aunque la guerra no se olvida.

SAN CARLOS MEMORIA VIOLENCIA 1Templo parroquial de San Carlos, Oriente antioqueño. / Foto: Verdad Abierta.

El cuerpo del primer guerrillero muerto en un enfrentamiento en San Carlos en 1984 está enterrado en algún lugar de la vereda San Miguel. Una mañana le reportaron a Pastora Mira, entonces inspectora de la policía y hoy líder de las víctimas, la muerte de un hombre que supuestamente había sido asesinado en una fiesta. Cuando Pastora iba junto a otros dos compañeros, camino a la vereda, una campesina les advirtió lo que había pasado: “Ninguna fiesta. Eso fue un combate entre unos hombres que vinieron del Magdalena y otros, disque guerrilleros”.

“Llegamos a una casa donde estaba acantonado el ejército, y había seis hombres de Hernán, ‘Doble Cero’ –jefe paramilitar-; ya estaban formándose. Un señor del ejército nos informó que unos guerrilleros se estaban tomando esa zona, que habían tenido un choque con ellos. Me mostró dónde tenían enterrado el cuerpo, estaba medio tapado con maleza. “Hicimos el levantamiento con todo el rigor”, cuenta Pastora. Los hombres dijeron que no iban a mover el cadáver de donde estaba, “nosotros dejamos la constancia de que ese cadáver no se había podido mover de allí. Lo pusimos un poquito más abajo de la casa, y ellos ayudaron a hacer el hueco para taparlo, para que los buitres no lo sacaran”.

El Frente 9 llegó a San Carlos después de haber instalado su base en el municipio vecino de San Rafael. Se asentó en la vereda San Miguel y siguió por esa cordillera invadiendo otras veredas como Santa Inés, Cocalito, Santa Rita, Sardinita, La Mirandita, San José, El Contento y Santa Elena. Además, se desplegó por los caminos que conducen hacia todo el oriente antioqueño, el norte de Caldas y Tolima.

San Carlos es un municipio del oriente antioqueño que es rico en agua y tiene un bosque húmedo tropical extenso. Esta región montañosa fue escogida por el Estado y las empresas privadas para construir varias centrales hidroeléctricas; una allí mismo en San Carlos y otras en Guatapé y San Rafael.

La construcción de las represas Playas, Jaguas y Calderas se inició al final de la década del setenta. En reacción, la comunidad de San Carlos se organizó en Juntas Cívicas para protestar por los cambios drásticos que se dieron en el municipio por las obras. La llegada de foráneos de distintas partes del país aumentó los conflictos. Además, algunos campesinos se resistían a desplazarse para cederle su terrenos al embalse que alimentaría la hidroeléctrica, más cuando no les querían pagar por sus tierras lo que valían.

Desde 1980, la comunidad fundó el Movimiento de Acción San Carlitana (MAS) con la intensión de llegar al Concejo y presionar desde allí por sus derechos. Alcanzaron a tener tres curules, pero los partidos tradicionales rechazaron esa nueva fuerza alternativa y pronto a la casa de los integrantes de este movimiento cívico, empezaron a llegar panfletos con amenazas. Un año después, cambiaron el nombre del movimiento por Unión Cívica Municipal, para que no los confundieran con la banda paramilitar, financiada por el narcotráfico, que recién había emergido en Medellín, tenía las mismas siglas pero significaban: Muerte A Secuestradores.

Los integrantes de la Unión Cívica fueron perseguidos y asesinados por los escuadrones de la muerte. En 1986, el partido solo obtuvo un escaño en el Concejo, el del odontólogo Jorge Morales quien fue ultimado al poco tiempo de su elección; con su muerte también fue sepultado el movimiento de la escena política.

Las Farc estaban en la zona rural haciendo trabajo de base. Impusieron su orden y resolvían desde cómo debían manejarse los cultivos hasta los problemas intrafamiliares. El campesino, recuerda Pastora, casi no iba a la inspección de policía a poner denuncias porque “la guerrilla entró a suplantar al Estado”.

MAPA VEREDAS DE SAN CARLOSPaulatinamente, las Farc entraron al casco urbano. La entonces inspectora cuenta que “empezaron a hacer la famosa limpieza social. Mataban ladrones. Y ellos robaban el derecho a la vida. ¿En qué tiendas venden vidas? Cada dos o tres meses sacaban una revista que decía: ‘Le informamos a la opinión pública que fulano de tal fue ultimado porque era esto, era lo otro'”.

El ELN también estaba presente en la región con el frente Carlos Alirio Buitrago; asentados por la zona del río Samaná. Como respuestas a la persecución de los líderes cívicos, hicieron asesinatos selectivos a comerciantes y empresarios que, según ellos, patrocinaban los escuadrones de la muerte. Varias veces aunaron sus fuerzas con las Farc, como en la primera toma guerrilla de San Carlos, en la navidad de 1990.

Ese día, los sancalitanos estaban en el los alrededores del parque, animados por las festividades decembrinas. Hacían una natilla comunitaria cuando vieron llegar un ejército de hombres vestidos de camuflado. “Estaban muy bien vestidos, con los uniformes limpios. Nadie pensó que fueran guerrilleros, hasta los mismos policías estaban contentos porque habían llegado refuerzos. Hasta que la guerrilla se les fue encima al comando”, recuerda Pastora.

Los guerrilleros se llevaron todas las armas del cuartel de policía, atracaron el Banco Cafetero y la Caja Agraria, y se robaron el medicamento del hospital. Luego, reunieron a todas las personas en el parque del pueblo, delante ellos corearon arengas sobre la lucha armada. Las guerrillas retuvieron a todos los policías y a un sacerdote que pidió ir con ellos para garantizar la protección de sus vidas.

Ese mismo año surgió un nuevo movimiento comunal: Unidos por San Carlos, con el fin de velar por el manejo del dinero que recibiría el municipio por la transferencia de recursos del sector eléctrico. Pero la historia de persecución y asesinato a sus líderes, quienes intentaban participar en la administración local, volvió a repetirse como la década anterior.

El conflicto armado y la guerra sucia, cada vez más intensas, obligaron a Mira a renunciar a su cargo como inspectora. Recibía denuncias pero poco podía hacer, maniatada por las amenazas de muerte. Un campesino le puso la queja de que le habían vendido una vaca enferma; cuando ella citó al vendedor, este llegó con un papel que certificaba que él estaba respaldado por tal comandante de las Farc y que no podían hacerle nada. “Un jueves me llegaba un sufragio, supuestamente de los ‘Masetos’, cuando eso no se llamaban autodefensas, dizque porque yo tenía cuentas con la guerrilla. El viernes me llegaba un sufragio de la guerrilla que porque yo tenía que ver con los ‘Masetos'”.

La indisposición de los campesinos por la ausencia del Estado en las veredas –escaseaban las escuelas, el acueducto, la electricidad, la pavimentación de las vías y el servicio de salud–, fue caldo de cultivo para que la gente apoyara a la guerrilla. “Aparecían como los salvadores. Lo que la gente no percibía era que estaban alimentando sus propios enemigos” dice Pastora.

EN MEDIO DEL CRUCE DE LAS BALAS

Los guerrilleros mandaban a los campesinos a llevarles mercado y a que les prestaran las bestias para transportarlo a lo más recóndito de la montaña, donde estaban sus campamentos. Ellos tenían que obedecer o los mataban. “A las amas de casa nos obligaban a hacerles comida. Claro que a veces nos pagaban, es verdad, pero igual uno tenía que prestarles el servicio. Imagínese uno ahí en la casa con 20 o 30 guerrillos armados” relata doña Ema Álzate, una habitante de la vereda La Mirandita de San Carlos.

Donde ella vivía con su esposo y sus hijos, las Farc controlaban la vida de la gente. A su esposo, como a los demás hombres del lugar, le encargaban productos que sólo se conseguían en el pueblo. “Un sábado le pidieron botas, peinillas y mercado; el domingo por la mañana resultaron los guerrilleros acampando en la verdecita de mi casa, estaban lavando ropa. Le dijeron a mi hijo, háganos el favor y mata una gallina para que nos haga el almuerzo. Les dije que no tenía revuelto. Y me dicen, vea el racimo que hay ahí, échele ese racimo. Me tocó despacharle una ollada de almuerzo”.

Después de ese día, los guerrilleros volvieron a la finca, el 12 de diciembre de 1991; pero esta vez no fue para pedir favores. Ema Álzate iba a cumplir veintiún años de casada con José Elías Giraldo. Era de noche, estaban durmiendo cuando un grupo de guerrilleros entró a la habitación y preguntó por su esposo. Le pidieron la cédula para confirmar que era a él a quien buscaban. Ema, confundida, les entregó la billetera donde estaba el documento. “Mis hijos asomaron, y los guerrilleros nos dijeron: váyanse un momentico para el corredor que vamos a hacer una requisa; y la requisa fue que le dispararon a sangre fría un tiro en la cabeza. Salieron como si nada después de tirar la billetera al piso”.

Ema quedó viuda con cinco hijos, todo menores, sin poder salir de la vereda porque los guerrilleros no se los permitían; su única salvación para sobrevivir era la pequeña parcela que tenían, en ella sembraban lo que comían.

Cada día, aumentaban los asesinatos selectivos, los muertos eran de los distintos bandos que se disputaban la región. La situación se recrudeció tanto que el gobernador de la época, Álvaro Uribe, propuso nombrar un alcalde militar para evitar que recursos del pueblo fueran desviados hacia los subversivos. La propuesta fue rechazada por los partidos políticos y los movimientos sociales. Durante su gobierno departamental, Uribe declaró en varias ocasiones que San Carlos era controlado por la guerrilla y que estas estaban infiltradas en la administración municipal.

Para el final de la década del noventa, con la incursión paramilitar, se desbordó la ofensiva de todos los actores armados. La disputa no fue solo por el control de los recursos del territorio, los pobladores se convirtieron en trofeo, escudo y objetivo militar al mismo tiempo. San Carlos se precipitó hacia una crisis humanitaria que duraría una década entera, y lo convertiría, en muchos momentos, en un pueblo fantasma. Los continuos desplazamientos masivos dejaron veredas deshabitadas, la población que residía en el municipio llegó a reducirse a poco menos de la mitad.

Ema recuerda que “cuando llegaron las autodefensas, empezó esa guerra de que si apoyábamos a la guerrilla, las autodefensas mataban la gente; y al revés, que si apoyábamos las autodefensas, la guerrilla nos mataba. Eso era uno en medio del cruce de las balas. Si el campesino salía al pueblo creían que iba a encontrarse con los ‘paracos’; y si el campesino no salía, cuando lo veían los ‘paracos’ lo mataban porque según ellos era un guerrillero escondido”.

Según el historiador Carlos Olaya, oriundo de ese municipio y autor del libro Nunca más contra nadie, “los promotores del paramilitarismo, en su estrategia de ocupar y controlar este territorio, estigmatizaron a la población sancarlitana, señalándola de tener vínculos con los grupos guerrilleros. Así, crearon las condiciones para destruir aquella expresión organizada, autónoma, de las comunidades, a través de masacres, desapariciones forzadas y asesinatos sistemáticos contra la población”.

En 1997, la guerrilla hizo ataques sucesivos para oponerse a la inminente entrada del paramilitarismo. En junio, bombardeó las trincheras de la base militar asentada en El Cerrito, un lugar desde el que se divisa el casco urbano. En julio, ocuparon un campamento de la firma Pavicol, quemaron dos volquetas y se llevaron dos civiles. Ese mismo mes secuestraron al Alcalde Héctor Alzate Arias. En octubre, la guerrilla prohibió actividades electorales y exigió la renuncia de los aspirantes a la Alcaldía y al Concejo de toda la región del oriente; finalmente, declararon paro armado en la semana de la votación.

Los paramilitares llegaron, con el objetivo de instalarse en la zona. Venían en un recorrido por las veredas de Alejandría y San Rafael. En San Carlos montaron una base de avanzada en la vereda La Rápida, para impedir el tránsito de la guerrilla hacia este municipio y también hacia Granada y Guatapé. Las Farc y el ELN, de manera conjunta, se enfrentaron con los paramilitares por los lugares donde siempre habían tenido el control. Estos hostigamientos terminaron en un éxodo masivo de los pobladores, y replegaron a la guerrilla a otras zonas.

Las autodefensas se tomaron las veredas que rodean al corregimiento El Jordán, hasta que el 23 de marzo de 1998 incursionaron en el corregimiento luego de haber torturado y asesinado varias personas que pertenecían a la junta de acción comunal. En ese lugar, donde se crió el comandante de Bloque Metro, Carlos Mauricio García, que usaba el nombre de guerra ‘Rodrigo’ o ‘Doblecero’, fundaron una base paramilitar. Hasta allí citaban pobladores a rendir cuentas. Tenían unas listas de personas señaladas de ser colaboradores de la guerrilla; quienes quisieran ser borrados debían presentarse y a cambio de salvar su vida debían trabajar para ellos. Hasta ese lugar también tenían que ir cada mes todos los comerciantes a pagar lo que les correspondía por la extorsión.

El 3 de agosto de 1998, la guerrilla se tomó por segunda vez el casco urbano. Atacaron el comando de la policía e intentaron tomarse la base del ejército de la vereda Dosquebradas. Dinamitaron la Caja Agraria y la Registraduría. Los guerrilleros amenazaron con volar toda la cuadra donde estaba el comando si los policías no se rendían. Con intermediación del párroco, siete policías cedieron. Los guerrilleros los saludaron con honores y se los llevaron secuestrados. El ataque dejó dos policías y siete soldados muertos.

Antes de finalizar ese año, las autodefensas perpetraron una masacre en el casco urbano. A media noche, distribuidos en camionetas y volquetas, con listas de los supuestos auxiliadores de la guerrilla, entraron hasta el parque y dinamitaron la central telefónica. Luego, se regaron por distintas calles y allanaron las casas, entraron buscando los señalados, y los asesinaron delante de sus familiares.

Mataron diez personas, varias de ellas fueron torturadas. A pesar de que las camionetas ingresaron por el camino en el que estaba la base del ejército, a un kilómetro de distancia de la municipalidad, los militares no se aparecieron para defender a los pobladores. “A partir de ese año, las masacres y el asesinato de pobladores se generalizó; los cuerpos quedaban en los caminos, para infundir el terror”, dice Carlos Olaya.

Esta crisis humanitaria se agudizó. Los grupos armados incidían hasta en la vida personal de los pobladores. Los guerrilleros declararon objetivo militar a las mujeres que se relacionaran con policías o soldados, enviaron a la emisora casetes con mensajes en los que les advertían a los padres que si no cuidaban a sus hijas ellos se encargarían. Pero estas amenazas también las hicieron los paramilitares, para aquellas mujeres que vieran conversando con cualquier hombre que nos les simpatizara. Antes del año 2000, se registraron 65 mujeres asesinadas.

En San Carlos nadie olvida las fiestas del agua del 99. La policía ordenó la salida de sus hombres en seis municipios, entre ellos San Carlos, dejando desprotegidos a los habitantes. Las Farc entraron al pueblo, reunieron a la gente y les anunciaron que estarían a cargo de la seguridad; desde ese momento patrullaron las calles, pero cuatro días después se marcharon, alertados por la amenaza de que los paramilitares se dirigían al pueblo.

Ese mismo día trescientos paramilitares ingresaron al parque. Reunieron a las personas en el polideportivo, les exigieron las cédulas para cotejar con las listas que llevaban. En medio del operativo, la guerrilla hizo unos disparos desde donde estaba escondida, lo que desató el pánico colectivo. En medio del enfrentamiento, las personas huyeron en estampida. Ese día los paramilitares cometieron varios asesinatos. Se retiraron en la madrugada. A pesar de todo esto, las fiestas no se suspendieron. Luego, guerrilleros del ELN entraron en camionetas al pueblo, también reunieron las personas y los convocaron a hacerle frente a los paramilitares.

LA ZOZOBRA

CASA ABANDONADA SAN CARLOS VIOLENCIA GUERRAFoto: Verdad Abierta.

Para el inicio del nuevo siglo, los paramilitares tenían el control total del casco urbano. Aparte de la base en El Jordán, se apropiaron de varias casas en el pueblo y de apartamentos del pasaje El Sol. Patrullaban por la zona urbana exhibiendo las armas, e ingresaban a los establecimientos públicos como si fueran los dueños. La gente que se resistió a irse del pueblo, compartió sus casas con vecinos y familiares; vivir en grupos grandes era una manera de sentirse protegidos.

Los campesinos que vivían en la zona rural, quedaron atrapados en sus veredas, pues la guerrilla, dispuesta a defender el territorio que les quedaba, les prohibió bajar al pueblo; señalaban de aliados de las autodefensas a quienes se atrevieran a hacerlo. Muchos cayeron en la miseria, pues no podían vender los productos que producían en sus parcelas, entre éstos, yuca, frijol, maíz, plátano, café y leche.

Solo podían comerciarlos en San Luis o en Granada. Pero los paramilitares, dispuestos a sacar la guerrilla de la región, también llegaron hasta las veredas. Estos enfrentamientos por el control de la zona rural, provocaron desplazamientos masivos que dejaron las montañas desoladas.

“Vivíamos en una zozobra. Llegó a ser tanta la desesperación que la gente se acostaba a dormir con las botas listas porque sabían que en cualquier momento tenían que arrancar. La gente se juntaba a dormir en una casa grande, en la parte baja de la vereda. Cuando entraron las autodefensas en 2001, fue el desplazamiento masivo. Todos salieron juntos por el monte en medio de la bala ventiada de un lado y del lado. Anduvieron un día entero por las montañas hasta que lograron llegar a otra vereda donde les dieron aguapanelita, y fueron saliendo a San Luis. Desde allí muchos se desplazaron hacia Medellín. La vereda quedó muerta por diez años”, cuenta Ema Álzate, quien un año antes de este desplazamiento abandonó su finca.

En 2002, luego de la ruptura de los diálogos entre las Farc y el gobierno en el Caguán, la guerrilla aumentó sus ataques en todo el país. En San Carlos les ordenaron a las personas que debían unirse a sus filas o abandonar el pueblo, lo que produjo un nuevo éxodo. A los campesinos que vivían en el corregimiento Samaná y las veredas Peñol Grande, Juanes, Santabárbara, Cañafistol, Las Flores y Norcacia les dieron pocas horas para salir de las fincas. Además, dinamitaron puentes, torres de energía, centrales hidroeléctricas.

Ese mismo año, entre el 9 y el 11 de mayo, los paramilitares entraron a las veredas Vallejuelo, El Chocó, El vergel y Hortoná. De manera selectiva, torturaron y masacraron a doce personas; además, les dieron la orden a los campesinos de que abandonaran la región. En respuesta a esta masacre, la guerrilla atacó la vereda de Dosquebradas, La Tupida y Dinamarca, acusando a sus pobladores de traidores, auspiciadores de las autodefensas.

SE FUERON Y DEJARON A SUS MUERTOS

Ángela Escudero acababa de llegar a su casa, pasó la tarde en el pueblo, desobedeciendo la orden de la guerrilla. Fue a vender la leche y la yuca, que eran el sustento de sus hijos. Solo ella podía conseguir para los gastos de la casa, a su esposo lo habían asesinado hacía un año, no supo quién. Era la primera hora de la noche, cuando escuchó desde su cuarto, acompañada de su hijo menor, a un grupo de hombres de las Farc; uno de ellos dijo, refiriéndose a ella: “Ahí vive la señora que lleva al pueblo los quesitos”. Lo único que hizo fue sentarse a esperar a que entraran por ella. Luego, oyó durante dos horas una ráfaga de tiros.

Liliana Castaño, vecina y nuera de Ángela, estaba en el cuarto con su padre y su primo. Acunaba su bebé cuando los guerrilleros entraron a la casa. Les preguntaron los nombres y a qué se dedicaban. Se fueron; ella se calmó, pensó que el susto había pasado.

Era el jueves 16 de enero del 2003, la vereda Dosquebradas, a veinte minutos del pueblo, fue tomada por las Farc. Venían de otras veredas, Dinamarca y La Tupida, donde asesinaron a siete campesinos, los ahorcaron o degollaron, para no alertar con tiros a los pobladores de Dosquebradas. Cerca de cien hombres se dividieron para custodiar las dos entradas de la vereda, un grupo más pequeño hizo una primera ronda por las casas: preguntaron quiénes había y cortaron las líneas del teléfono. Luego, hicieron una segunda ronda, la de la muerte.

El tiroteo empezó en la parte alta de la vereda, en la primera casa a la que entraron asesinaron a cinco jóvenes que acaban de llegar de un grupo de oración; los muchachos tenían entre 14 y 17 años, entre ellos había una mujer en embarazo; dejaron a otros dos gravemente heridos. Uno de los muertos era el hijo adolescente de Ángela. Luego continuaron por las demás casas, asesinaron, delante de sus hijos y esposas, a otros cinco hombres.

“Cuando volvieron, mataron a mi papá y a mi primo, delante de mí. Yo fui a acostar el bebé en la cama, pensando que a mí también me iban a matar. Mi papá era el tesorero de la Acción Comunal, tenía unos cajoncitos con candados; ellos los dañaron y sacaron la plata. Se robaron hasta unas lociones”, dice Liliana.

Nadie salió de las casas, ni siquiera a pedir auxilio, hasta que no estuvieron seguros de que los guerrilleros no estaban. Lo último que escucharon fue la advertencia de que no podían bajar a San Carlos, porque volvían por los que quedaron vivos. Ángela, una reconocida líder comunitaria, no entendía por qué seguía viva. “Yo pensé: todos tenemos un principio y un final, si este va a ser mi final por cumplir mi deber, que así sea. Mi hijo no decía nada, se aferraba a mí”.

En década del noventa los guerrilleros transitaban con libertad por Dosquebradas, hasta que llegaron los paramilitares. “Empezamos a estar en el medio de dos filos. Las autodefensas venían en carros y motos, hacían reuniones, volvían y se iban. Nos decían que no dejáramos entrar la guerrilla, que si queríamos nos armaban para que nosotros mismos montáramos guardia. Yo era una de la que les respondía que nosotros no necesitábamos armarnos porque no teníamos que ver con nadie”, cuenta Ángela.

La lucha por esta vereda se pintó en los muros. Unas veces llegaba la guerrilla y escribía: Frente IX, presente. Luego, llegaban los paramilitares y hacían las suyas: AUC, presente. “Nosotros no queríamos a ninguno de los dos grupos, borrábamos todas las letras que nos ponían en las paredes. A lo último, las autodefensas nos dijeron que no podíamos borrar esas letras o éramos víctimas. Para nosotros borrar las letras era una forma silenciosa de decirles: no los queremos. Como no las podíamos borrar temimos a que llegara el otro grupo a hacernos daño; y preciso, así fue”.

Los pobladores de Dosquebradas pasaron la peor de las noches. Las mujeres rezaban por los muertos y para que la guerrilla no volviera. En la madrugada del viernes, lograron comunicarse con las autoridades de San Carlos, pidieron ayuda pero hasta a los mismos soldados les daba miedo entrar al lugar. Un helicóptero sobrevoló la zona varias veces, pero no hacía más que eso.

Los heridos se quejaban, y aunque todos pensaban que morirían desangrados, sobrevivieron. Los rodearon con cobijas para que absorbieran la sangre. Ángela los hidrataba, cada tanto, con jugo. Luego, contactó al conductor de un bus de la flota que viene desde Medellín y le pidió que se detuvieran en la vía a la entrada de la vereda para que recogiera a los niños y a los heridos, el señor accedió al ruego, y en la tarde los recogió.

Los demás pobladores, con todo el temor que tenían, decidieron salir esa misma tarde, sin la custodia de ningún grupo. Se desplazaron hacia San Carlos. “Nosotros nos fuimos y dejamos los muertos”, dice Ángela. A pie o en burro, abandonaron sus casas; antes de irse, se despidieron de sus animales y les abrieron los corrales, dejándolos libres.

VOLVER A LA TIERRA, DESAFIAR EL TEMOR.

JARDIN DE LA MEMORIA SAN CARLOS ANTIOQUIAEl Jardín de la Memoria en el parque principal de San Carlos. / Foto: Verdad Abierta.

San Carlos se convirtió en un refugio de desarraigados, aunque gran parte de los desplazados prefirieron irse para Medellín o para otras regiones como el Chocó. En el pueblo, emergieron barrios de invasión donde los campesinos construyeron ranchos de plásticos y madera, mientras esperaban la oportunidad para regresar a sus fincas.

El pueblo continuó bajo el mando de los paramilitares, quienes estaban en guerra dentro su organización. El Bloque Metro se declaró una disidencia de las AUC que en ese momento estaba en los diálogos de Ralito con el gobierno. A finales de mayo, comandantes de las autodefensas emitieron un ultimátum al BM: o se acogían a la desmovilización o lanzarían una ofensiva. El BM rechazó la orden.

El dos septiembre de 2003, doscientos hombres del Bloque Cacique Nutibara irrumpieron en la base paramilitar de El Jordán. Asesinaron a varios hombres que estaban al mando; y el resto, unos cuarenta hombres, se rindieron y se sometieron al BCN. A pesar de esta reducción de BM, algunos de sus ex integrantes se reagruparon, incluso se unieron disidentes guerrilleros, y conformaron el Bloque Héroes de Granada, dirigido por Diego Fernando Murillo, “Don Berna”. Esta facción estuvo presente en el municipio después de la desmovilización de las AUC.

A pesar de que las autodefensas tenían diezmadas y replegadas a las Farc, estas continuaron con su presencia, ocultos en las áreas más boscosas de la región; salían esporádicamente a atacar los pobladores.

Desde 2004, en San Carlos se empezó a hablar de retorno. Impulsados por la misma Alcaldía que los animaba a regresar, algunos pobladores emprendieran el regreso a sus veredas, pero, en varias ocasiones, estos retornos fueron frustrados por la guerrilla.

Como les ocurrió a los habitantes del corregimiento Samaná, días después de haber regresado a sus fincas. La tarde del 12 de julio de 2004, un grupo de guerrilleros del Frente IX reunió a la gente en la cancha. Se llevaron a siete de ellos a una casa abandonada, allí los asesinaron. Dos meses después, las Farc lanzaron un artefacto explosivo a un bus escalera en que viajaban veintiún personas hacia las veredas San Rita y Santa Inés; dos localidades a las que también los campesinos habían decidido regresar. Además del explosivo, la guerrilla atacó el vehículo con ráfagas de balas. Murieron cuatro personas, y 17 quedaron heridas. La Farc dijeron que ningún campesino podía retornar sin su permiso, y que estos retornos eran organizados por los paramilitares en complicidad con la administración.

A pesar de estos intentos frustrados por volver a sus tierras, muchos pobladores, aguerridos, guardaron la esperanza de volver. En 2005, con la desmovilización del Bloque Héroes de Granada y con la reforzada presencia militar, los sancarlitanos empezaron un retornar. La guerrilla, por su parte, se replegó hacia San Rafael, San Luis y San Francisco; más tarde, hacia el norte de Caldas.

Esta vez, el retorno tuvo el apoyo y acompañamiento de la administración municipal. Muchos desplazados que estaban en Medellín, también empezaron a retornar, especialmente desde el 2008. De las más de ochocientas familias que salieron durante los últimos años, cerca de trescientas han vuelto a sus casas.

Ángela Escudero, la líder de Dosquebradas, no abandonó ni a San Carlos ni a sus compañeros de la vereda. Luego de la masacre siguió con sus labores comunitarias. Reorganizó, con los pocos recursos que tenía, el restaurante escolar para atender a los niños de La Tupida, Dinamarca y Dosquebradas. Durante los cinco años que estuvo en el casco urbano, trabajó todos los días de cuatro de la mañana a ocho de la noche en los refugios. “Yo hice mi propia terapia, quería trabajar con la comunidad, principalmente por los niños”, dice.

La Alcaldía organizó un retorno masivo para las personas de estas veredas. Además, arreglaron las casas y los servicios públicos. Con las primeras veinte familias, la vereda empezó a repoblarse. Ángela volvió en 2008, aunque todavía hoy le falta recuperar parte su parcela, ella está satisfecha de haber regresado: “Me fue muy bien, para mí el mero hecho de poder volver fue lo más grande que me hubieran podido regalar. Ya en ese entonces había seguridad, había bases militares por esos filos de la montaña”.

La puerta de su casa se mantiene abierta, custodiada por un perro adulto al que adoptó hace poco, le puso por nombre “Love”. En vez de ladrar, Love saluda a los foráneos con su cola. Los niños que juegan en la cancha de cemento, en el centro de la vereda, entran a su casa y le piden agua. Niños de la edad que tenía su hijo, y los compañeritos, cuando murieron hace diez años. Ángela, aunque sabe que sus recuerdos son dolorosos, no da asomo de tristeza, dice, para excusar la ausencia de lágrimas que “lo que pasó ya pasó, hay que seguir hacia adelante”.

Fuente: Verdad Abierta.

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