La historia del conflicto armado en San Carlos fue reconstruida en el libro ‘Nunca más contra nadie.’

Aspecto de la portada del libro de Carlos Olaya sobre un pueblo que se recupera de la guerra. / Imágen: verdadabierta.com.

En materia de ortografía, hasta los mejores escritores cometen errores o, digamos, lapsus y desatenciones. Ocurren errores de digitación o de imprenta. Pero también hay quienes, dominando la norma, la transgreden con absoluta conciencia queriendo comunicar con ello una intención o proponiendo una significativa desobediencia que hace parte del sentido de la obra. En este orden, el punto al final del título del libro del historiador Carlos Olaya que aparece en la portada, fue premeditado y no producto de un simple “lapsus”. La contundencia de la frase que le da el título al libro realmente lo justifica: “Nunca más contra nadie.”.

Un amigo periodista me hizo caer en la cuenta: “a ese título le sobra el punto”. Casi intuitivamente respondí: “Bueno, yo lo interpreto como una intención del autor para que jamás vuelvan a ocurrir esos hechos; es decir: ‘Nunca más contra nadie’, punto.” Un sello rotundo para que no se repitan las atrocidades allí reseñadas. El mismo autor me sacó de la duda y me explicó que, efectivamente, el punto fue intencional.

Olaya nos ha regalado un libro en buena letra contra el olvido. “Nunca más contra nadie.” no es solamente el registro riguroso y bien documentado de la historia de la violencia en San Carlos, sino la exploración del que coteja los árboles con la mirada puesta en el bosque. Para ello lo autoriza su profesión y su trabajo, pero, más que nada, el conocimiento directo del territorio.

Ser protagonista y testigo de algunos de los hechos que se narran otorga una visión especial no exenta de riesgos. Cuando las situaciones tocan de tal modo la sensibilidad, puede nublar nuestro juicio y socavar las buenas intenciones de comprender y extraer lecciones. En este caso, considero que el autor se sustrajo de tales riesgos sumergido en los baños de agua fría de las fuentes de los archivos históricos. “Lo escrito, escrito está”, dice el viejo refrán; y aunque no es garantía de verdad, el documento es un referente, un rastro siempre valioso para el historiador sabueso. Sobre este primer mérito, destaco la publicación que lleva por frase subtitular: “Ciclos de violencia en la historia de San Carlos, un pueblo devastado por la guerra”

Como periodista, nunca será suficiente la gratitud que le debo al autor en relación con ese primer mérito que tiene la obra. Por ejemplo, el hecho de saber que fue en el mes de diciembre de 1968 en el que cayó abatido el bandolero del Partido Conservador, Alpidio Sánchez, alias ‘Satanás’. Ubica históricamente al mito popular cuyo relato escuché de don Ingnacio Sánchez en el corregimiento Samaná. Lo mismo sucede con la masacre cometida por alias ‘Chicote’, de las guerrillas liberales, entre los meses de abril y mayo de 1952. Ahora sabré que los detalles de este suceso están contenidos en los documentos de la carpeta 2 de la caja 578 de la serie Gobierno-municipios del Archivo Histórico de Antioquia. Y que aquellas historias que me contaron los viejos Feliciano Arias, en San Luís, y Pacho Daza, en el corregimiento El Jordán, de San Carlos, sobre los míticos pistoleros ‘El Rayo’, ‘Vampiro’, ‘Pecho’e Lata’, ‘El Sinsonte’ y ‘El Pollo’, puedo verificarlas, ampliarlas y precisarlas en el libro de Carlos Olaya para atenuar ese tono vago de leyenda macabra e iluminarlos con la nitidez de las causas, la motivaciones y el contexto en el que actuaron.

Pero no es solo por los datos y la riqueza documental de ese primer ciclo de violencia, que el autor denominó La violencia liberal y conservadora de los años cincuenta en San Carlos, por la que considero “Nunca más contra nadie.” como un aporte capital en la memoria del conflicto armado de este municipio y de la región, sino también por la amplitud, pertinencia y manejo de las fuentes orales. “Realicé más de 120 entrevistas de manera formal, pero informalmente, así conversando, hice muchas más”, explica Olaya quien sustentó la elección de los entrevistados sobre un criterio riguroso de cercanía y conocimiento directo de los hechos.

En Colombia es necesario aplicar otras luces al documento escrito, sumar otras versiones, interpretar su sentido. Ya sabemos que los vencedores, los corruptos y manipuladores del poder han escrito la historia que reposa en los registros. Olaya interroga los hallazgos documentales por medio de otras fuentes. En el caso de San Carlos, las personas tienen mucho qué contar y ese es el otro gran mérito de la obra. Gracias a este libro, entendí mejor las oscuras disputas entre laureanistas y ospinistas dentro del Partido Conservador y a ver con mayor precisión la sucia estrategia de despojo de tierras e intereses económicos que se arropaba de banderas azules o rojas. Con el abordaje a ese ciclo de violencia de los años cincuenta y sesenta, el autor enciende una luz necesaria para comprender mejor los otros dos ciclos en los que organizó su prolija investigación.

Luego el autor expone el que considera el segundo ciclo de violencia que padece San Carlos y gran parte de ls subregión del Oriente antioqueño bajo el  título de El movimiento cívico y la guerra de los años ochenta: el exterminio de una esperanza. Aquí sorprende el detalle con el que relaciona nombres y hechos, además de la solvencia con la que interpreta situaciones.

Su propio padre, Eliseo Olaya, fue uno de los que se vio obligado a vender su finca a Empresas Públicas de Medellín (EPM) para el proyecto hidroeléctrico Playas en la vereda El Charcón, tal como le tocó a cientos de campesinos de San Carlos, dando origen al descontento social que se convirtió en el germen del llamado movimiento cívico.

En El Peñol, Guatapé y San Carlos nació a finales de los años setenta y principios de los ochenta esta esperanza organizativa que demostró el desinterés de la clase dirigente de Colombia por abrir espacios de diálogo y concertación en torno al desarrollo. El movimiento fue tildado de subversivo y gran parte de sus líderes fueron asesinados.

Podríamos decir, como lo aseveró del conflicto en su país el arzobispo Surafricano y premio nobel de paz en 1984 Desmond Tutu, que las quejas sociales y económicas no fueron adecuadamente atendidas y el exterminio de esa esperanza incubó barriles de pólvora de resentimiento y frustración. “Nunca más contra nadie.” nos demuestra que esos barriles no han sido desactivados, que a las buenas intenciones de la justicia transicional debemos agregarle altas dosis de voluntad política, reconocimiento en nuestros semejantes y una memoria colectiva que realmente movilice y se concrete en espacios de construcción democrática, cuya naturaleza es la diversidad.

“Todo el mundo hablaba y teorizaba sobre el conflicto y las víctimas en San Carlos, pero yo no encontraba el sustento histórico preciso a lo que decían. Por eso este libro fue una respuesta que yo mismo me propuse buscar”, refiere el historiador. Y aunque, por supuesto, no quiere decir con ello que su estudio sea definitivo o concluyente, pienso que logra marcar un referente sustancial porque ofrece el panorama concreto y bien ponderado para cualquiera que quiera acercarse a mirar en detalle las bielas, los tornillos y los pistones que pusieron a andar la maquinaria de la guerra en San Carlos, con todas las similitudes que tiene con otros contextos; de tal manera que este caso soporta un análisis como muestra del origen del conflicto local y regional en el país.

El libro merece ostentar ese punto al final del título: un punto final a la barbarie. Un clamor que quiere contagiar el deseo ferviente de no repetición. Recogiendo las palabras de su autor, también un punto de pausa en el torbellino mediático que se ha cernido sobre San Carlos y que tuvo su punto máximo en el premio nacional de paz 2011 otorgado al proceso de retorno y memoria. Eventos, recursos, proyectos y estudios llenan actualmente el escenario sancarlitano y el tema de las víctimas ocupa las agendas públicas del país, aún más después de la promulgación de la Ley 1448 en junio del año 2011.

Incluso, el grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación publicó el informe “San Carlos: memorias del éxodo en la guerra”, al considerar que en este municipio confluyeron “todos los actores armados con todas las estrategias de guerra” y expone a continuación las cifras que lo demuestran:  “76 víctimas por minas antipersonales –la más alta del país–, 33 masacres en un periodo de diez años, 30 de las 74 veredas del municipio fueron abandonadas en su totalidad y más de veinte de manera parcial, cerca de 5 mil atentados a la infraestructura, asesinatos selectivos de líderes cívicos, 156 desapariciones forzadas, violencia sexual contra las mujeres, tomas al pueblo, extorsión y cuatro periodos de grandes desplazamientos”

En medio de toda esta atención, justa y necesaria, el texto “Nunca más contra nadie.” también invita a poner el punto sobre las íes. Nos recuerda con nombres, fechas y pormenores que aún existen crímenes impunes que exigen la verdad. Es un llamado a que se esclarezcan casos como el de la masacre ocurrida entre el jueves 9 y el sábado 11 de mayo de 2002 y en la que murieron 12 personas, entre ellas 4 líderes de la vereda Vallejuelo. Según refiere el autor, basado en fuentes de confianza, la muerte de los líderes obedeció a que se interpusieron contra el manejo oscuro de contratos de obras públicas para ese sector en el que tenían intereses los paramilitares. En ese mismo orden, se citan en el libro diversos hechos que no han sido suficientemente esclarecidos y permanecen en la impunidad.

Es bueno que se movilicen recursos y proyectos en bien de las víctimas, lo es mucho más el esfuerzo por la reparación simbólica y la atención sicológica, pero la invitación del texto de Olaya es a que estemos alertas para que la verdad no se disuelva en un murmullo de discursos sedantes en el que las víctimas se ponen tan de moda que pronto se echa al olvido la sustancia que alimenta la garantía de no repetición: es decir, lo que nutre la comprensión de lo que ocurrió y fortalece la capacidad para construir otra historia. El paso inadvertido de la conmemoración de los 30 años del primer paro cívico regional del movimiento cívico del Oriente, que marcó un hito en la organización comunitaria, demuestran cómo la memoria se comprime y la perspectiva histórica se achata desconociendo las raíces de la catástrofe humanitaria sufrida entre los años 1998 y 2007 cuando en San Carlos ocurrieron 33, masacres, cerca de 500 muertes, 150 desaparecidos y el desplazamiento del 80% de su población.

Jaime Cuervo, comerciante de San Carlos, tuvo la idea de regalarle un monumento a las víctimas de su pueblo y encargó un estudio de contexto al historiador Carlos Olaya. Cuando recibió dicho estudio se dio cuenta de que era necesario ahondar mucho más y terminó siendo editor de lo que luego se convertiría en el libro “Nunca más contra nadie.”. Quiso que se presentara en un escenario inusual: las fiestas del agua. Hasta allá llegó el autor, montó su atril en la plaza y vendió 34 libros; lo cual es significativo si se tiene en cuenta la calidad de la edición de sus 400 páginas y los 50 mil pesos de su precio.

La foto de la portada muestra a don Horacio Giraldo de la vereda La Rápida en cuclillas, tratando de leer el nombre del difunto en un obituario que había recostado contra la fachada de la iglesia de San Carlos. Don Horacio es, como dicen en los pueblos, “corto de vista” pero observa la realidad  de su municipio gracias a su interés constante por participar de las veedurías ciudadanas y por estar enterado de lo que sucede. En el obituario se invita a las exequias de don Alirio Arias García de la vereda El Capotal, asesinado el 27 de julio de 2001. Cuando su cadáver apareció, 4 días después a orillas del río San Carlos, cerca de la vereda Peñoles, muchos coincidieron en decir: “si mataron a una persona como don Alirio, entonces pueden matar a cualquiera de nosotros”

El editor Jaime Cuervo, constató que queda mucho por reconstruir y aún más por construir en San Carlos al recibir el resultado de la investigación del historiador Carlos Olaya; y la imagen de don Horacio Giraldo no es el de una persona que busca errores ortográficos sino el de un pueblo que se esfuerza por interpretar su realidad a la luz de los nombres de sus hijos que cayeron en la guerra. El punto final lo tenemos que poner entre todos.

Fuente: Verdad Abierta.

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