San Carlos: heridas que aún no sanan

¿Qué hay después del horror? Este pueblo de espanto murió y hoy vuelve a vivir. Hay crueldades que ya no pueden ser y no queda mas que seguir adelante. El silencio y el dolor son ahora fiesta y bullicio.

Parque principal de San Carlos. / Foto: Manuel Garzón.

Por: Manuel Garzón

Desde que uno se topa con el pueblo todo es distinto a lo imaginado. Nada es lo que se espera de un lugar en donde hubo tanto dolor. El espíritu, el talante de la gente, todo es más cariñoso y lleno de vida. Es como si la vida se hubiera nutrido de la muerte. Ahora, los fines de semana fin de semana las campanas suenan, la fuente de la plaza está encendida, hay música en los cafés, venden ropa y anuncian las gangas por megáfono.

En la mitad de la plaza hay un pequeño muro lleno de flores de plástico en las que había nombres grabados. Es un muro de la memoria. Con esto se pretende recordar a los desaparecidos, a los muertos y a los vueltos y retornados al lugar. Simboliza la aceptación del horror y la piedra sobre la cual se erige un pueblo nuevo, una vida nueva. Las flores parecen esa vida nueva, que por alimento tiene la sangre y el dolor que todavía corren por la tierra, porque, en efecto, en todo ese suelo aún hay huesos, muerte, lágrimas. Pastora Mira, líder de las víctimas del pueblo, dice que a pesar del tiempo que había pasado y de tantas investigaciones, desminados y reparaciones, todavía quedaban desaparecidos que muy seguramente estaban enterrados quién sabe dónde.

Hay en el ambiente una suerte de calma, como la del niño que, entre lágrimas secas y respiración entrecortada, suelta una sonrisa después de haber aceptado que el dolor de un golpe o la pérdida de su carrito es algo pasajero y la vida continúa, y por eso vuelve a jugar. Un señor, ya viejo, con sombrero aguadeño y botas de caucho que enérgicamente barría la plaza en la mañana después de una noche de fiesta, como las de un domingo de puente festivo, en medio de una conversación que cándidamente iniciamos, me dijo:

–       Y sí, esto ahora no es ni sombra de lo que fue. Ahora barremos menos preocupados.

El hombre, como sin ganas de decir más, me pidió permiso para seguir barriendo aunque con una sonrisa, como diciendo que bien podíamos seguir conversando pero de otra cosa. No supe qué decir y solté lo que primero se me vino a la mente

– Dejaron el pueblo muy cochino anoche ¿no?
- Mejor que haiga algo que limpiar a que nadien venga por aquí – me dijo entre risas.

En seguida, una barrendera que me había escuchado me dijo:
– papi, ¿cierto que está limpia la plaza?
- sí – le dije. Me sonrió y, llamando a mi compañero de plática, se fue orgullosa de haber confirmado al eficacia y buen resultado de su esfuerzo.

Se sentía una suerte de extrañeza, de curiosidad, una duda que aún no queda saldada – ¿acaso nadie iba a hablar de lo sucedido? Con los anuncios de ofertas en las misceláneas y el ambiente festivo parecía que ya todo había sanado, que todo allí marchaba bien.

Al lado de la iglesia estaban dos señoras hablando de la cantidad de gente que había ese fin de semana.  Se dieron la vuelta y con dos sonrisas me invitaron a conversar. Me presenté. Solamente les dije mi nombre y de dónde era. No les dije que venía en calidad de estudiante ni mucho menos como periodista, quería que todo fuera más ameno: como la conversación que se tiene con un visitante, con alguien que por nuevo, emprende la más ingenua y jovial conversación con lo desconocido. Una de ellas había llegado hacía más o menos doce años al pueblo, la otra había estado allí toda su vida. Sobre las autodefensas, la guerrilla, los muertos y los desaparecidos no hablamos. No quise despertar ese horroroso fantasma del pasado. Ahora ellas se preocupaban por otras cosas.

–       Mi amor, vea, comparado con lo que pasó este pueblo es otra cosa y todo, fuera de cosas que no se olvidan, está muy bueno. – me dijo una.
–       Vea, pásese por las quebradas y las cascadas, allá trabaja un nieto mío; eso todo es muy bonito – me dijo la otra señora dándome señales de que ya se tenían que ir.

En efecto, las cascadas, más conocidas como “los charcos”, piscinas de agua natural, son el atractivo turístico de San Carlos. Se encuentran dos caídas de agua de 30 y 17 metros de altura cada una. Allí, turistas y familias enteras de los alrededores se liberan de un calor de casi veintiocho grados que el pueblo alcanza en los días de verano. Incluso pasado el medio día el sol no da señales de apaciguarse.

Aunque en esos días de sol el pueblo entero es una fiesta y abundan por las calles turistas que a metros se reconocen por sus carros y la disposición festiva que siempre llevan, hay una pequeña tienda en una esquina frecuentada sólo por lugareños. Allí todos superan los cincuenta años y parecen conocerse de toda la vida. Una mujer de más o menos cuarenta y cinco resalta. Su semblante es triste, aunque no mucho, pues se dirige con formalidad, cariño y entereza a todo el que la saluda. Escuché que se dirigía al centro cultural. La seguí. En el centro cultural empezamos a hablar. Su nombre es Ana. Cuando supo que el motivo de mi visita era reconstruir la memoria de San Carlos me dijo:

–       Usted no se alcanza a imaginar el dolor tan grande que muchos de nosotros todavía llevamos.

Hablaba con complicidad, como esa de los abuelos que les cuentan sus nietos los desatinos de su juventud. En su mirada se percibía lo duro que le había tocado. A su marido lo mataron cuando conducía un bus intermunicipal. Fueron las autodefensas. Su hijo estaba con él y tuvo que dejarlo tirado en la carretera limitándose a mirar el cadáver que desaparecía en el horizonte mientras el vehículo se alejaba, pues no lo dejaron bajarse del bus. Ella aún se pregunta el porqué de la tragedia. Dice que todo había empezado por la plata. San Carlos es conocida como la capital hidroeléctrica del país, motivo por el cual fue foco de enfrentamientos entre grupos armados que vieron en el terreno una fuente económica. Mientras conversábamos llegó un muchacho que la buscaba. No tendría más de veinticinco o veintiséis años. Ella le hizo señales de que ahora no, de que estaba ocupada. Él la vio llorando, me miró y se quedó ahí, como cerciorándose de que yo no le estuviera haciendo nada malo. Ella le dijo que estábamos recordando. Se llamaba Lucas.

–       A mí me mataron a mi papá – nos dijo el muchacho.

Bernardo, el padre de Lucas, trabajaba como albañil en el pueblo cuando fue asesinado. A raíz de esto todos sus hijos tuvieron que huir. Lucas peregrinó por Cali, Medellín y la costa atlántica.

–       Volví porque no hay nada como la tierra de uno. Uno por allá es como extraño y ahora, por aquí, todo está mejor.

Ana asintió con él. Ella, como Lucas, se fue y volvió. Trabajó en casas de familia pero nunca se halló ahí. Pero advirtió que aunque volviendo y viendo todo mucho mejor era mejor quedarse callado.

–       Es mejor no hablar de a mucho. Aquí todavía hay de esa gente, de la mala.

Dio a entender que aún hay gente que guarda odios, que le hace la vida imposible.

–       Hoy es el día en que todavía no tengo la pensión de mi esposo.

Se secó unas lágrimas que se le habían escapado. Y viendo que llegaba gente al recinto hizo gestos de despedida. Antes de levantarse no vaciló en decirme que fuera a las cascadas y que disfrutara de la fiesta en la plaza, como diciendo que dejáramos el pasado atrás.

El pueblo no duerme los fines de semana. En las noches siempre hay fiesta. En el día, cuando se pasa por las cascadas y los ‘charcos’, pululan decenas de vendedores ambulantes y motocarros taxistas que se hacen ‘su agosto’ con los turistas. Hay música por todos lados y camionetas lujosas de gente que, muy seguramente, viene de Medellín a disfrutar del agua de San Carlos. En las improvisadas tiendas de los alrededores del río, lo único que se escucha son ofertas de turismo, venta de marañones y comida.

–       Por estos días voy y vengo llevando gente hasta la piedra del Tabor – dice el primo de Lucas que trabaja con NATYBOS, una pequeña empresa de ecoturismo en el sector.

De lo que ahora se habla es de los ‘charcos’, de las cascadas, de cómo la piedra del Tabor es más grande que la del Peñón de Guatapé y que desde allí se ve todo el río Magdalena. De la violencia sólo silencio, como un olvido necesario para el bullicio y la fiesta en esa tierra que hace tan sólo unos años padeció uno de los horrores más grandes del conflicto colombiano.


Nota: Todos los nombres fueron cambiados a petición de los entrevistados.

Esta es una de las piezas periodísticas realizadas por los estudiantes de la Universidad de los Andes sobre uno de los casos abordados por el Centro de Memoria Histórica, en INSITU 2012.

Fuente: Centro de Memoria Histórica.

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