Diario de una guerrera hija de Sonsón

María Martínez de Nisser, es excepcional porque se enroló en las filas oficiales, para luchar contra los revolucionarios liberales en 1839, y, después de cortarse el pelo y vestirse de soldado, participó en la batalla de Salamina.

Por: Jorge Orlando Melo, EL Tiempo.

María Martínez de Nisser, heroína y escritora que nació en Sonsón en 1812. / Imágen: Biblioteca Luis Ángel Arango.

Según Jean Girodoux, los hombres se inventaron la guerra para estar entre varones. En Antioquia, donde los papeles sociales de hombres y mujeres eran claros, estas no podían entrar a muchos de los sitios donde los hombres se divertían: cantinas y cafés eran lugares que, como la guerra, les permitían disfrutar solos, con unos tragos, las emociones de la amistad y solidaridad masculina.

En Colombia y buena parte del mundo la guerra es asunto de hombres. A veces, incluso, han hecho la guerra ante todo para conseguir mujeres, arrebatándoselas a los vecinos, como ocurre entre los yanomanis y otros pueblos indígenas americanos. Aunque la antropóloga Margaret Mead sostuvo que cuando en la guerra las mujeres son más violentas y crueles que los hombres, los estereotipos sociales nos dicen lo contrario: la mujer, por su carácter de madre, de fuente de vida, no está hecha para ser soldado y es profundamente pacifista, hace el amor y no la guerra. El reverso de esta visión piadosa lo dan los hechos reales: en las guerras de nuestros tiempos, sobre todo en las civiles, en las que los participantes se mueven ante todo por fanatismos enfermizos, por nacionalismo o identidades étnicas o políticas, las mujeres son más bien las víctimas rutinarias de la violencia y la crueldad de los hombres.

En las guerras civiles colombianas del siglo XIX pocas mujeres entraron a las filas militares, aunque muchas acompañaban y atendían a los soldados, les cocinaban y lavaban la ropa, por afecto familiar o a cambio de una pobre remuneración. María Martínez de Nisser, maestra de Sonsón, es excepcional porque se enroló en las filas oficiales, para luchar contra los revolucionarios liberales que en 1839 se levantaron contra el gobierno conservador, y, después de cortarse el pelo y vestirse de soldado, participó en la batalla de Salamina, donde derrotaron a los rebeldes. Y es notable porque escribió un detallado diario de la llamada ‘Guerra de los Supremos’, publicado al terminar la guerra y que acaba de reeditar Eafit, en conmemoración de los 200 años del nacimiento de la autora.

Desde el comienzo, doña María se pone del lado del gobierno y critica la tibieza del obispo de Antioquia, José María Gómez Plata, que no asume con decisión la defensa del conservatismo. “Siempre es mejor un gobierno legítimamente establecido, aunque tenga sus faltas, que la rebelión o guerra civil, cuyos males son tantos, tan enormes y de tan funestas consecuencias, que siempre son el rompimiento de ese pacto formado por la voluntad del pueblo legalmente representado”, escribió.

Pero lo que la decide a tomar las armas es la captura de su marido por los revolucionarios, y hace parte del ejército hasta que logra verlo libre: “Experimenté una de aquellas gratas emociones que el corazón suele sentir sin saber la causa; mi pensado esposo corrió a mis brazos y con demostraciones del más tierno afecto, coronó los goces que el amor a mi patria y a él me habían hecho experimentar”.

Ganada la guerra, estuvo en plazas y balcones antioqueños en las celebraciones del triunfo y recibió una medalla del Congreso, que los liberales condenaron con curioso puritanismo: “Se ha insultado el pudor… concediendo una condecoración a una ramera, María Martínez, quien, con mengua de la honestidad y recato de su sexo, embragó la adarga, caló la celada, y empuño la lanza confundiéndose con la impúdica soldadesca”, escribió don Lorenzo María Lleras, bien amurallado en las convenciones y prejuicios de la época.

Pero más que el insulto liberal, debió sufrir la ausencia de su marido, que se fue, en 1859, a Australia, a otro de esos embelecos masculinos, a explotar minas de oro, prometedoras y decepcionantes, y al que no vio nunca más: cuando Pedro Nisser volvió a Medellín, en 1875, fue a poner una lápida en la tumba de María.

Fuente: El Tiempo

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