Las guitarras andariegas del marinillo Luis Arbeláez

La historia de un hombre que nació entre guitarras y en una familia de fabricantes desde 1860.

A pesar de que no es músico, Arbeláez ha hecho de este arte la razón de su vida. / Foto: Jessica Cohen, El Tiempo.

Cuando Luis Arbeláez vio la pequeña firma de su abuelo tallada en la parte trasera de la guitarra, sintió la inevitable tentación de quedarse con el instrumento. De no devolverla y cambiársela por otra a aquel cliente que la llevó hasta su taller para repararla.

Al fin y al cabo -pensaba-, esa guitarra volvía después de tantos años a su hogar original, al taller donde su abuelo comenzó la tradición que ha hecho famosos a los Arbeláez como unos de los artesanos de guitarras más reconocidos en Antioquia. Tenía que ser el destino, llegó a decirse.

El viejo, a pesar de haber nacido hace 83 años entre guitarras que permanecían suspendidas del techo, recostadas en las paredes o colgadas como cuadros en su casa paterna, no conserva ninguna. Paradoja de lutier.

“Pequeñitico, detrás de la guitarra, decía ‘Isaac Arbeláez’. Yo le digo una cosa: yo, antojado, antojado, no soy, nunca he dejado ni una para mí, pero es que esa la había construido mi abuelo, imagínese las vueltas que habrá dado esa guitarrita para volver hasta mis manos”, dice y agrega resignado que no logró convencerlo de que se la vendiera. “Al final, tampoco fui capaz de quedarme con ella”.

Ese instrumento nómada le recordaba la historia familiar, pues Arbeláez pertenece a una estirpe de fabricantes de guitarras que comenzó en 1860 en Marinilla, municipio reconocido por la calidad de fabricación de estos instrumentos.

Pero también reflejaba la forma en que se popularizó la guitarra en Colombia: de la mano de españoles que les enseñaron a campesinos a fabricarlas, muchos de los cuales se instalaron en Antioquia.

“Esto se inició desde el abuelo, que empezó a trabajar esto con un español que vino al municipio de San Vicente (Antioquia) a hacer los altares allá; con él, aprendió la ebanistería, aprendió a hacer guitarras y a tocarlas”, cuenta Arbeláez en su taller, donde un aviso a la entrada dice: “Guitarras Ensueño. Desde 1860”.

La tradición de guitarreros se percibe también en cada esquina de Marinilla, ubicado a 47 kilómetros de Medellín. Bien sea por las guitarras que cuelgan en los balcones de casas convertidas en talleres, por la música de cuerdas que reina en bares o tiendas de la población, o porque de allí han salido famosos trovadores, que aprendieron a hacer versos para acompañar con historias del campo los acordes de las guitarras.

‘A punta de guitarras’

“Aquí se han levantado muchos hijos y también muchos vecinos a punta de guitarras”, se ríe Arbeláez.

En su caso, es más que cierto. Tuvo 22 hermanos, de los cuales todos se dedicaron a la fabricación de guitarras, y él crio a sus cinco hijos haciendo estos instrumentos. Ahora, trabaja en su taller con dos de ellos.

A simple vista, el taller de Arbeláez es como cualquier otro: aserrín por todos lados, madera, guitarras, guitarritas, tiples, colas y, en la parte frontal, un almacén con los instrumentos terminados, de colores, de formas atrevidas porque, a pesar de ser tradicional, busca “adaptarse al tiempo de hoy”.

“¿Que cuál es el secreto pa’ que suenen bien? Yo no sé. Yo digo que la guitarra es como la señora que uno escoge, ¿por qué esa? Uno nunca sabe, pero uno dice ‘esa es la mía’. Lo mismo: una guitarra la coge otro músico, la suena y dice ‘nooo, páseme otra’ “.

Según los mitos, hay que coger la madera a la que le ha dado el poniente o de lugares específicos de un árbol, pero él no cree que sea suficiente: “Más bien -dice-, hay que meterle mucho cariño”. Arbeláez adora los pasillos y los bambucos y admite que apenas “charrasquea” la guitarra, pero habla con propiedad de cómo este instrumento se convirtió, junto con el tiple, en el preferido del pueblo, atravesó el país y también les dio acordes a los vallenatos de la costa Atlántica.

Sus guitarras llegaron a las manos de importantes músicos colombianos que les dieron vida a bambucos, pasillos y guabinas. “Les vendí muchas a Espinoza y Bedoya, a Garzón y Collazos, a Carlos Bueno, al amigo Luis Uribe Bueno, a Gentil Montaña. Creo que un músico que tenga más de 40 años seguro que ha tocado o conoce las guitarras que hacemos aquí”.

Instrumento viajero

También viajaron a China y a las selvas del Brasil, donde alguna vez un sacerdote encontró una con su marca y se la llevó a él para que la identificara. ¿Que cómo llegaron allá? Arbeláez todavía no sabe.

“Yo me quedé fue bravo de la lejura”, dice, y revela su identidad campesina. Para él, que la guitarra sea un instrumento tan nómada tiene que ver con que es del pueblo y de fácil transporte.

El taller de este hombre con un marcado acento paisa ha visto también la evolución de las guitarras.

“Son en sí las mismas, pero ahora no solo se hacen de seis cuerdas, sino que vienen músicos que quieren hasta de 12 cuerdas; cuadradas, de colores, rosadas, verdes”, dice.

Aunque para él la petición más extraña fue la de una joven que le pidió que le hiciera una guitarra con voz de mujer. “Se la hice y se fue feliz, aunque no me pregunte cómo, porque ni yo mismo sé”, cuenta. Tampoco si las guitarras tienen unas manos destinadas.

“Yo no sé. ¿Usted ha escuchado esa canción que dice ‘Sale, loco de contento, / con su cargamento / para la ciudad’? Así salgo yo con mis guitarras, a ver quién las va a tocar”.

Un arte con mucha filigrana

Para Arbeláez, construir una guitarra es hacer una escultura. Se elige la mejor madera, el arce, “que es clave en la armonía final del instrumento”; les dan las curvas con forma de mujer poniendo su estructura en una prensa. Montar el interior de la caja es una artesanía con mucho de filigrana que toma horas.

 

Fuente: El tiempo, http://bit.ly/MNx4at

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